Prólogo

Publicado en General el 2 de Mayo, 2008, 10:34 por Saphira Aurion

Bueno... Vuelvo a caer en mi tendencia a escribir historias de hermanos xD Esto sería el prólogo de otra historia en la que estoy pensando últimamente, que continuaría, claro, en un "tantos years later"...

Ya me diréis xD



Cuando Sol Durán supo que estaba embarazada, se sintió la mujer más feliz del mundo. Era madre primeriza, y aun así no muy joven. Llevaba intentando tener hijos desde hacía varios años, pero por alguna razón, nunca lo había logrado. Su marido, un secretario de la Embajada de España en algún país perdido de la Europa oriental, llamado Alberto y apellidado Ríos, compartió su alegría, y al saber que el bebé que esperaban sería una niña, eligieron para ella el nombre de Isabel, aunque más adelante en su vida, pocas personas la llamarían así.

Izzy Ríos Durán nació a mediodía, cuando Sol y Alberto se encontraban en la casa de los padres de la mujer, teniendo una agradable comida familiar. La niña, de pelo tan rubio que apenas se veía en su cabeza una pelusilla dorada, vio por primera vez el mundo en un dormitorio de la casa de sus abuelos. El lugar estaba lejos de la ciudad, de forma que fue imposible llevar a la madre al hospital, pero un médico local no tuvo inconveniente en acercarse, de forma que el nacimiento ocurrió como un milagro para los padres, que conocieron a su primera hija en un ambiente cálido y familiar.

La pareja, encantada con el nuevo miembro de la familia, continuó intentando tener otro hijo más. Se hizo esperar de nuevo, pero nueve años más tarde nacía, esta vez en el hospital,  un adorable bebé de rasgos menos suaves y aire enérgico, y cabello más oscuro que el de su hermana manos. El parto se complicó, y se temió por la vida de la madre y del hijo. Finalmente, tras muchos problemas y preocupaciones, todo pareció ir bien, pero Sol tuvo que quedarse internada en el hospital varios días, recuperándose. Al recién llegado varón, por su fuerza y pronta batalla por su vida,  lo bautizaron como Alejandro.

Pese al peligro que entrañaba el tener otro descendiente después del nacimiento de Jandro, doce años más tarde Sol volvía a estar embarazada. El bebé debía llegar al mundo alrededor del quince de Marzo, y en las vacaciones de Navidad previas, la familia hizo un viaje a ver a los padres de  Alberto. En ferrocarril cruzaban casi completamente el país, porque Sol, cuyo pánico a los aviones le daba grandes ataques de angustia al viajar, se negó a coger un vuelo. Negándose a ser el niño de primavera que debía, el más joven de los hijos nació a medianoche en el solsticio de invierno, en un vagón traqueteante de tren, con una lluvia torrencial de sonido de fondo.

Sin ayuda médica y con las complicaciones que le dio su cuerpo en ese momento crítico, Sol quedó casi moribunda después del parto. El niño, en contra de o esperado, fue capaz de, sin empezar a llorar ni dar ninguna muestra de alarma por encontrarse en un lugar nuevo,  seguir respirando hasta llegar al hospital más cercano, donde su madre abandonó el mundo y él dejó claro que continuaría en él. Pese a que Alberto había insistido en dar nombres españoles a todos sus hijos, sabía que Sol había acariciado la idea de darle al benjamín un nombre extranjero que se le antojaba romántico.

Y así, siendo el último en llegar a la familia, nació el pequeño Dorian.