Como en ua postal

Publicado en Filosofía, pensamientos y reflexiones el 3 de Abril, 2008, 21:00 por Saphira Aurion

Una montaña, verde, aún sin ser alcanzada por las luces del atardecer, alegre, como si se alzara aún a la luz de media tarde. Bajo ella, el campo tan lleno de flores amarillas que apenas se distingue su color original. El cielo, azul, con un par de jirones de nubes que parecen hechas de espuma de jabón con burbujas de colores, porque están recubiertas por el matiz anaranjado del sol que se prepara para desaparecer. Dos casas se recortan contra la montaña, con los tejados picudos tapados con tejas rojas. Todo estático, inmóvil, como en una postal.

Y de pronto, se empieza a mover, arriba y abajo, a veces mostrando más cielo, a veces más prado. Un bote, otro. Las manos del que lo ve a ambos lados del cuerpo, ajenas a los saltos que pega su dueño, mirando por la ventana y rebotando una y otra vez sobre la cama.

Pensando, aunque parezca que sólo observa el paisaje de una manera un tanto curiosa. Reflexionando sobre lo chocante que puede ser la vida a veces. Intentando que no colapsen su... ¿mente? ¿Corazón? Que no le colapsen, en cualquier caso. Estar furioso no es buena idea para meditar.

Qué injusta es la vida a veces, ¿no? Tan injusta como para el pobre pájaro que había visto aquella misma mañana en la carretera, tumbado boca arriba y con la barriga reventada. Pobre animal. La vida era injusta. Los pájaros se quedaban pegados con su propia sangre al asfalto en lugar de estar volando, que es lo que el resto de seres vivos envidia de ellos, y las personas que saben qué se hace con ello, tienen un palo para pegar golpes a los demás.

Salto. Y otro salto. Muy bien. El tema que quería abordar para pensar. Las personas. Lo curioso que era querer a alguien con todas sus fuerzas... y odiarlo a veces. Quizá no con todas sus fuerzas. No lo sabía, no sabía hasta dónde llegaban sus fuerzas a la hora de odiar. Tal vez no con todas sus fuerzas, si lo pensaba bien. Porque con todas sus fuerzas se odiaba a otros, no a la gente a la que se quiere. O no se odiaba. Quizá era sólo un arrebato. Pero...

¿Qué se puede esperar de alguien que te ve mal y te hunde más, cuando se supone que te quiere? ¿Qué se puede esperar de alguien que sólo ve lo que quiere ver? ¿Qué se puede esperar de alguien que te reprocha hacer algo que él mismo está haciendo...? ¿Qué se puede... esperar de alguien?

Realmente, lo mejor sería no esperar. No esperar nada de nadie. Simplemente aceptar lo que venga. Seguramente el pájaro de la carretera estaba esperando que viniera alguien, y vaya si vino. Y tuvo que aceptarlo, claro. Pobre, pobre animal.

¿Tendría alguien a quien querer, ese animal? ¿Odiaría a alguien, tal vez? Saltos, más saltos. Quería seguir viendo el paisaje. Y pensando. Pensando sobre lo injusta de la vida, que te hace odiar cuando lo único que deseas es amar. Que deja perderse cantidades ingentes de amor por dar, amor en todos los sentidos, no sólo el estrictamente romántico. Y lo desperdicia. Con tonterías, frases fuera de lugar, un grito que sienta mal, un comentario hiriente, una palabra malinterpretada o el momento equivocado para asaltar a una persona determinada en busca de respuestas... cualquier cosa era suficiente para enemistar a dos personas que se querían.

¿Tan efímero era el amor? ¿Tan efímera la amistad? ¿De verdad puede pensar alguien que se supone que sabe que le quieres que dices algo para hacerle daño, que le ocultas algo que debe saber, que juegas con él? ¿De cuántas maneras hay que demostrar que se ama para ser creído?

El sol empezaba a ocultarse definitivamente tras una montaña que no era visible desde la ventana, por muchos saltos que se diera en la cama. La persona seguía subiendo y bajando, mirando ansiosamente a través del cristal como si allí pudiera encontrar una respuesta que no aparecía.

Sólo veía una montaña que se tornaba a verde oscuro ante la noche. Bajo ella, el campo lleno de flores amarillas que se preparaba para dormir. El cielo, oscurecido, con la luna asomando como quien mira a través de una cortina de gasa que eran las nubes. Dos casas se recortan contra la montaña, con los tejados picudos tapados con tejas rojas. Todo estático, inmóvil, como en una postal.