21 de Diciembre, 2007


Dolor de espalda

Publicado en Historias, cuentos y relatos el 21 de Diciembre, 2007, 22:49 por donaldani

La irritante melodía del móvil sonó. Con un gruñido, me giré y lo cogí, antes de despertar a toda la casa, y lo apagué. Con los ojos entrecerrados a causa del fuerte resplandor que emanaba del aparato, comprobé la hora. Las cinco de la mañana.

     Aún confundido, intenté levantarme, pero no podía. No sentía mi cuerpo. Un fuerte dolor en los músculos de los hombros y al final de la espalda me impedía poder levantarme para poder seguir con la rutina que llevaba haciendo durante todo el curso. Barajé las posibilidades. Sabía que no podía faltar a clase, tenía que entregar unos trabajos que aunque inacabados contaba algo para la nota, y me tenían que entregar algún que otro examen antes de las fiestas. Procuré no gritar; sentía que mis músculos se desgarraban. Me volví a acostar. Supondría una casilla más de ausencia en clase, pero no tenía otra opción.

     Cuando me levanté habían pasado seis horas. El sol brillaba, burlándose de mi estado de ánimo, y pensé que tendría que volver otra vez al médico para que no me encontrase nada pero sí tuviese un justificante para demostrar a ciertos profesores incrédulos que no estaba bien. Antes de ir sabía que mi médico era un inepto e incompetente, y más me lo demostró con su impaciencia mirándose cada segundo el reloj, pues como siempre que iba a verlo, se tenía que ir de viaje por vacaciones.

     De nuevo de noche, necesitaba ir a dar un paseo por haberme pasado todo el frente a dos pantallas: la del ordenador y la de la televisión. Sabía que mi dolor de espalda no iba a remitir, sino que incluso aumentaría, pero no sabía como pasar el día en la casa.

     Pasé la tercera farola del solitario y tranquilo paseo, que en aquel momento se mostraba más siniestro ante mí, pero que ignoré. Llegué hasta el parque, vacío a aquellas horas, y me quedé absorto mirando al firmamento. Las estrellas brillaban más de lo normal, y la luna se cernía sobre la ciudad acentuando cada silueta estática.

     El dolor fue insoportable, y el aullido que brotó de mi interior rasgó el pacífico rumor de los grillos. Sentí cómo se abría mi espalda, convirtiéndose en una catarata de sangre brillante. Caí arrodillado a la tierra, con lágrimas en los ojos. Cuando conseguí superar el sufrimiento, me di cuenta de que mi sombra era más grande de lo normal. Dos prolongaciones salían de mi espalda, dotadas de un color azabache. En ese momento, lo comprendí todo.

      Alcé el vuelo para reunirme con los míos, dejando atrás mi pasado.