4 de Diciembre, 2007


Aquella noche

Publicado en Historias, cuentos y relatos el 4 de Diciembre, 2007, 19:50 por donaldani

El hombre, guiado por la rutina, llegó al destrozado portal por los jóvenes del barrio. Aún quedaban trozos de cristal de la noche anterior, pues como todos los sábados se reunían allí la gente del barrio a armar escándalo y a beber, formando un botellón. En otro tiempo a aquel hombre le hubiese importado tales actos, pero se había acostumbrado al bullicio de la aglomeración juvenil y escandalosa. Abrió la puerta de una patada, hizo caso omiso a los buzones maltratados y subió las escaleras hasta el cuarto piso. Metió la llave desgastada en la desvencijada cerradura y empujó con el hombro. A pesar de ser una zona pobre, mantenía su casa lo mejor que podía, y era su vivo reflejo, pues las paredes eran grises y la habitación estaba llena de trastos. Dejó en paquete encima del sofá, que era lo único que se encontraba libre de objetos, pues dormía ahí, y se dirigió a la segunda habitación del piso donde había un retrete, una ducha y un armario empotrado encima del lavabo. Encendió la luz, que provenía de una única bombilla que se balanceaba de un lado hacia otro por la suave brisa que entraba por la ventana. Se lavó la cara y se la secó con una toalla que en una casa decente se habría llamado trapo, y se miró al espejo. Éste le mostraba una cara desfigurada. No era horrendo, ni siquiera feo, sino que una grieta atravesaba el cristal de un extremo a otro, reflejando una imagen bastante más grotesca de la real. Encendió un cigarro, y dejó que el humo llenase sus pulmones. Este acto le hacía pensar en sus sueños, objetivos, anhelos. Sonreía y se miraba continuamente, imaginándose consiguiendo lo que perseguía, o con algo que le hiciera feliz. El cigarro se consumía a una velocidad de vértigo, cosa que malhumoraba al individuo, pues el momento de placer que le daba la droga era ínfimo. Notó como las cenizas estaban a la altura de las letras grises de la marca del tabaco, y dio la última calada. A su pesar, tiró la colilla al retrete y vio como se marchaba por el váter llevándole en una odisea hasta su perdición en la inmensidad del mar. Seguidamente, volvió al cuarto principal, y desenvolvió el paquete que había traído. Cogió el revólver, que había comprado después de haber ahorrado durante un año, y acarició la boca de la pistola con suavidad. Volvió a dejarla en su sitio, y la escondió a buen recaudo. No sería aquella noche. Al menos, hasta que su caja de cigarros se acabase.