No debería empezar una historia nueva...

Publicado en Historias, cuentos y relatos el 10 de Noviembre, 2007, 10:31 por Saphira Aurion

Era un atardecer de otoño, en el cual los últimos rayos de sol, que aún tenían un tinte de verano, se escabullían, lanzando en un último esfuerzo su luz entre la densa oscuridad que se cernía sobre las calles. Las hojas de los árboles, tocadas por esas chispas de sol agonizante, ardían en destellos dorados y anaranjados. Estaban secas ya, y la mayoría descansaban sobre la acera, mientras que unas pocas colgaban todavía precariamente de sus ramas, plantándole cara con todas sus fuerzas al invierno que se acercaba a una velocidad abrumadora.  Temblaban ligeramente, y alguna de ellas se rendía y dejaba caer, dando vueltas, subiendo un poco en cada curva de la espiral que trazaba en el aire, danzando y jugando a volar por una vez en su existencia.

Las calles de las afueras de la ciudad estaban vacías. Era una villa grande de tamaño pero pequeña en cuanto a actividad. No era importaba, no estaba en la mayoría de las listas de grandes ciudades. Ninguno de sus habitantes era una persona importante en el mundo, y el lugar no era un unto de comercio, ni cultural, ni se merecía fama por nada. No entraba dentro del concepto de urbe, o al menos, nadie lo consideraba así.

Se llamaba St. Ackerley, y se encontraba en un punto perdido dentro del mapa político de Europa, más o menos entre el Norte de Francia, el Sureste de Bélgica y el Noroeste de Alemania. Los habitantes de la ciudad no estaban muy seguros de a cual de esas tres grandes naciones pertenecían, ni siquiera si formaban parte de una de ellas. Algunos estaban convencidos de que, por su nombre, sólo podían ser ingleses, y en cambio, por el clima, quizá pertenecieran a otro país. No estaba muy claro, pero dada la poca importancia de St. Ackerley en la política y la economía, ningún país se había tomado la molestia de mandar a alguien a aclarar las dudas de los habitantes de la ciudad.

Era una villa preciosa. En el centro estaba el mercado, uno pequeño pero alegre y lleno de animación los  domingos por la mañana, y a su alrededor, había plazas entrañables y tiendas. Junto a ellas, se arremolinaban las viviendas: todas casas de un piso o dos, pero nunca edificios de pisos. Jardines, unos más cuidados que otros, contribuían a salvaguardar el aspecto apacible de la ciudad.

A las afueras de ésta, todo se volvía todavía más verde. La distancia entre las casas se espaciaba, las calles se ensanchaban y llegado a cierto punto, se convertían en amplios paseos de tierra. Los árboles crecían, fuertes y antiguos, como guardianes de las calles, dando sombra a los que paseaban en verano, y decorándolas con hojas caídas en otoño, coloreándolo todo de matices dorados, naranjas y castaños.

En esa zona de la ciudad era donde vivía  Ace Giattini, un hombre que, aunque nadie supiera exactamente qué edad tenía, debía rondar los setenta. Se trataba de un antiguo bibliotecario, que había dedicado a los libros la mayor parte de su vida. Estaba firmemente convencido de que lo que no se encontrara en algún lugar entre páginas no era real, por lo que intentaba enterarse de todo lo que ocurría en el mundo siguiendo con sus ojos las líneas de símbolos sobre el papel, al principio al descubierto, y poco después con unas lentes que se habían ido volviendo cada vez más gruesas con el paso de los años. Esa enorme curiosidad por el planeta en el que vivía le había hecho dejar su trabajo en varias ocasiones, para reemplazarlo por otros estudios en la Universidad, que realizaba simplemente por ganas de saber, o viajes en los cuales se empapaba de esas costumbres que conocía de vista. Había trabajado como ayudante en expediciones de arqueología, como revisor en trenes, como periodista y, armado con un rifle de anestesia, como cazador de animales salvajes para permitir a veterinarios chequearlos e identificarlos.

Y sin embargo, siempre acababa retornando a sus libros. Su espíritu aventurero era grande, pero no podía competir con su amor por la lectura. Cuando ya no supo qué le podía quedar por hacer en el mundo y se encontraba ligeramente cansado, se retiró a St. Acckerley, a una casa con un amplio jardín que cuidaba un jardinero, y frente a todos esos árboles de hojas doradas. Allí, llenó las habitaciones de estanterías y de libros, mejoró en el arte de la cocina y pasó a vivir lo que consideraba los últimos años de su vida. Pese a la tranquilidad que embargaba sus días, no renunció a su pasión, y continuó informándose sobre las pocas cosas que aún no conocía.

Su vida se había convertido en un templo del sosiego, en el cual nunca ocurría nada que lo sacara de su quietud.

Hasta que llegó él.

Continúa aquí, por si a alguien le interesa. El color más oscuro es lo que no he puesto aquí, para quen no tengáis que buscarlo mucho ^^