Más allá del sol

Publicado en Historias, cuentos y relatos el 26 de Octubre, 2007, 21:47 por Quien_vosotros_sabeis

Capítulo 1

María

Hoy me he levantado y Matías estaba sentado en mi cama. Matías es mi perro. Pero es un perro especial. Es un perro que habla. Mamá y yo lo recogimos una vez después de pasear por el Puerto, como solíamos hacer cada viernes. Vino saltando hacia mí, con cara de necesitar un abrazo y mamá me dijo que, si lo quería, podía tenerlo. Yo, por supuesto, le dije que sí.

Matías es blanco y negro, pero sus manchas están puestas adrede: tiene tres calcetines negros, una mancha en el lomo también negra y otra mancha que le cubre la mitad de la cara y una oreja y le da aspecto de Jin-Jan. No sé quién es Jin-Jan, pero mamá siempre decía que ella era el Jin y yo el Jan.

La primera vez que Matías me habló, yo me había caído al suelo. Estaba jugando con Mei al tú la llevas y me tropecé con la manguera del jardín. Me hice una herida muy grande y empecé a sanfrar enseuida y me puse a llorar y pero sólo porque era una niña pequeñita. Entonces, Matías, que sólo era un cachorrito cuando lo encontramos, vino saltando, muy triste, y me habló. Me preguntó si me dolía y me dijo que me pondría bien enseguida. Yo no me asusté nada de nada aunque fuera tan pequeña. Me apreció muy normal que Matías me hablara. ¡Nos llevamos tan bien! Y siempre que Matías tiene hambre, o quiere salir a pasear, no me ladra, él no ladra... Matías viene y me pregunta si tengo tiempo y empezamos a hablar. A mamá no le importa que hable con Matías... pero los dos sabemos que es porque ella no puede oírle. Matías dice que yo soy la única con la que habla. ¿Por qué? le pregunté un día. Pero, esa vez, Matías tan sólo se limitó a golpear el suelo con su rabo tan bien peinadito y n ome contestó. Matías es mi mejor amigo, en realidad. Siempre me saluda cuando vengo a casa, nunca estropea las pinturas de mamá. Es un perro de lo más educado, obediente y mimoso y, además, nunca me insulta. Ni se burla de mi, no me pregunta por papá.

Mamá es pintora. Es una artista muy famosa, aquí. Yo no entiendo sus cuadros pero ella siempre me dice que cuando yo sea mayor pintaré muchos cuadros y mejores que los suyos. Yo le digo que sus cuadros son los mejores del mundo y que nadie podría pintar mejor que ella, aunque no los entienda.

Cuando mamá se pone a pintar, no piensa en nada, pero en nada más. Mamá no es como los pintores que salen en la tele. Mamá pinta con las manos, como cuando yo estaba en preescolar. Cuando se pone a trabajar, se mete en su estudio, que es el garaje de la casa y que está empapelado con papel de periódico manchado por todos lados, hata el techo, para no ensuciar el suelo. Entonces, se pone su ropa de pintar, un mono muy feo, viejo, blanco y manchado y abre como seis o siete botes de pintura también muy grandes y los pone en mesas de papel cerca de ella, a su al rededor. Se queda mirando el lienzo con un papel en blanco gigantesco que tiene en el centro de la sala y pasa así un par de minutos. Entonces, mete la punta de los dedos en un bote de pintura cualquiera y empieza a pintar. Y siempre empieza y termina igual: aveces empieza pintando el cuadro de un modo muy suave, lento, con la punta de los dedos e incluso, una vez, con un pincel muy fino. Pero se empieza a enfadar según empieza a pintar. Y cada vez mete más la mano en el bote y cada vez pinta con menos dulzura hasta que acaba dándole bofetadas al papel. La he visto pintar dos veces y acaba ensuciándolo todo, hasta su cara se ensucia, y siempre está respirando como si hubiera corrido mucho. Una vez me pintó un cuadro y pensé que lo iba a hacer flojito, como los pintores normales. Pero fue todo lo contrario, le pegó tan fuerte que casi lo hizo caer, pero ella se reía. La primera vez que estuve con ella en el estudio, me dejó ayudarla y acabamos haciendo uan guerra de pintura porque yo quería hacerlo lenta y cuidadosamente y ella estaba empeñada en pintar a lo loco y acabamos haciendo el cuadro en la ropa de pintar. Su manager dice que es la mayor astista que ha visto nunca y que me deberia sentir orgullosa de ella. Y me siento orgullosa, pero no porque le pegue cachetes a un lienzo gigante.

Casi no me deja estar con ella en el estudio, es como una iglesia, un sitio sagrado para mamá. Yo no puedo entrar sin su permiso. De todas formas, no me gusta pintar mucho.

Pero yo sé que mamá tiene un secreto.

Una vez mamá llegó del trabajo a casa por la tarde y no me fue a saludar. Me pareció raro y pensé que quizás estaba tan cansada que no podía subir las escaleras, a veces le pasa, y se tiene que quedar a dormir en el sofá del salón. Por eso e sun sofá-cama. Le exigen mucho en el matadero, como lo llama ella. Quería preguntarle qué tal le iba todo y contarle mis aventuras en el colegio y lo de siempre. Mi cuarto está en el segundo piso y el estudio de mamá en el garaje, que sería un piso -1. Para bajar al garaje y verla tenía que bajar toads las escaleras y normalmente las bajo a toda pastilla pero, ese día, Matías estaba durmiendo la siesta en los escalones y tuve que bajar lento y sin hacer ruido a sí que mamá no me escuchó. Y se había dejado la puerta enrte abierta, a sí que pude verla sin tener que entrar. Entonces, fui a avisarla para darle la sopresa pero escuché un ruido raro. Mamá estaba llorando.

Me asomé un poco más para verla a ella entera y lo justo como para que ella no me pudiera ver y vi que estaba pintando sentada, que nunca lo hace, y, encima, a pincel. De vez en cuando se quitaba una lágrima de la cara, dejaba de pintar y miraba el cuadro. Desde donde yo estaba no podía ver lo que ella dibujaba pero debería ser algo precioso porque lo estaba pintando tan concetrada y con tanta delicadeza... Y, de repente, sin avisar, mamá se levantó de la silla, gritando, y tiró la pintura por el aire. Cogió el lienzo y lo empezó a golpear, lo levantó, lo lanzó por los aires, le dió patadas y puñetazos, le escupió y se quedó parada en su sitio, temblando. Se dio la vuelta y me escondí a toda prisa detrás de la puerta y salió disparada sin darse cuenta de que estaba ahí.

Yo no podía creer lo que había visto. Cuando me aseguré de que mi madre estaba en su cuarto, entré en su estudio a hurtadillas y recogí los trozos de cuadro, que eran sól dos, y puse, como pude, el cuadro otra vez como estaba antes. Era un retrato de un hombre joven, muy, muy guapo, que estaba de lado, o sea, de perfil, mirando un amanecer precioso muy triste, lleno de colores vivos como el naranja, el rosa y el celeste... Él sonreía. Su pelo se movía, pero quieto, hacia atrás, impulsado por el viento que había creado mi madre. Tenía el pelo muy cuidado y muy bonito, de un color entre el marrón y el amarillo, casi como el color de la canela, era el paso intermedio entre moreno y rubio. Sus ojos estaban como achinados por la sonrisa, que no dejaba mostrar los dientes, una sonrisa que parecía decir "no estoy aquí". Eran unos ojos de un maravilloso verde claro, como el de las montañas. Enseguida supe que era un recuerdo. Era como una foto, cuando lo ví, se paró el aire a mi al rededor. Me olvidé de todo, de lso sonidos, de mi madre, de respirar. El cuadro me envolvía y el blanco del estudio se disolvía en un amancer del todo melancólico...La cara del hombre me sonaba terriblemente a alguien, tenía esa sensación tan odiosa que se tiene cuando tienes algo en la punta de la lengua y no sabes como hacer que salga... Y, de repente, me acordé de un olor. Entre el olor de las pinturas de mi madre, y de cerrado del cuarto en general, un olor distinto a todos los que estaban en la casa afloró serpenteando desde la nada, sólo para mi. Era un olor que ya no existía, que yo ya no podía oler. Y, entonces, lo reconocí.

Era un cuadro de papá.