Otra forma de enfrentarme al examen de Historia...

Publicado en Historias, cuentos y relatos el 8 de Octubre, 2007, 19:24 por Saphira Aurion

Hacía muchísimo calor.

Emil siempre había pensado que en las batallas, lo más apropiado era un frío húmedo y niebla inquietante, pero no era así. También tenía que ver que estaban en Julio, pero de todas formas no cuadraba con la visión que él tenía de una horrible guerra. Tampoco es que hubiera estado en muchas horribles guerras, para ser sinceros. Pero aquella era una, de aquello no había la menor duda.

Y era espantosa.

Pertenecía a la caballería de uno de los dos ejércitos en los que se habían dividido, debido a las circunstancias, los prusianos. Era uno de los 32000 jinetes del ejército, sólo un diez por ciento del total de éste. Podía sentirse afortunado, pero sólo tenía algo de miedo.

Pese a que sabía que su poder militar era mucho mayor. Llevaban años trabajándolo, realizando maniobras para que los mandos se acostumbraran a manejar grande tropas. Contaban con rifles de retrocarga de aguja para la mitad de sus hombres, mientras que se rumoreaba que los austriacos, el enemigo, aún utilizaban únicamente rifles que tenían que ser cargados por la boca del cañón. También decían por ahí que eran lo suficientemente estúpidos como para convencerse de que les podían ganar con ataques a bayoneta calada. De acuerdo, ellos contaban con un ejército inmenso de 528000 hombres, pero... ¿a dónde creían ir con todas esas bayonetas?

Intentaba convencerse de que no sucedería nada, pero no podía evitar pensar que cabalgaban hacia una muerte segura, a enfrentarse con unos enemigos que casi les doblaban en número. Aunque Filbert le había dicho que de todas formas la cuarta parte de aquel gran ejército se tenía que quedar a proteger Austria y Hungría. Claro, como Holstein ya no lo tenían... se habían reído con eso cuando lo comentaron, pero eran risas defensivas, risas que querían ocultar el miedo. Porque, por mucho que ellos dijeran, todos estaban asustados ante la idea de la muerte. Cada uno de los soldados, de los mandos y de los jinetes que se dirigían a luchar desde el 14 de Junio, cuando Austria les había declarado la guerra después de que ellos se apoderaran de Holstein, todos ellos... estaban aterrados en su fuero interno. Porque no estaba en la naturaleza de ningún ser vivo encaminarse alegremente hacia la muerte, sin sentir ninguna inquietud.

A Emil no le agradaba pensar eso. Prefería convencerse a sí mismo de que al menos uno de los hombres no tenían miedo: Otto von Bismarck, que no se debía merecer el nombre de Canciller de Hierro en vano. Y tampoco el príncipe Friedrich, el tercero de ese nombre, que dirigía uno de los ejércitos prusianos, ni el dirigente del otro, el general Helmuth von Moltke. No, sus líderes no debían tener miedo, porque si lo tenían, ¿qué esperanza les quedaba a ellos, los soldados?

Y aún así, era tan difícil que vencieran... Era el tres de Julio, y Emil no podía dejar de pensar con aprensión cada día que quizá años más tarde se recordara aquella fecha como la tremenda derrota sufrida a manos de los austriacos y el resto de los alemanes por Prusia.

Pero tenía que admitirlo. Lo que le daba más miedo no era la perspectiva de ver fallas la táctica militar de su país, sino su propia muerte. Se permitía ser egoísta con eso. ¿Qué habría detrás de la muerte? ¿A dónde iría, qué sería de su espíritu? Al paraíso, esperaba, porque habría muerto dando la vida por su país y su príncipe. Pero también matando a otros. ¿Era eso correcto?

¿Era propio de un jinete de la caballería prusiana el pensarlo siquiera?

Tenía miedo de entrar en batalla. Mucho miedo. Pero no podía mostrarlo.

Y entonces, vio como otro caballo se acercaba al galope hacia ellos, con un jinete prusiano portador de noticias, probablemente. Fue a hablar con el líder de la tropa, por supuesto, pero al cabo de un rato el rumor corría hasta donde estaba Emil. Se lo dijo Filbert, que cabalgaba a su lado.

Los condes austriacos von Thun y von Festetics habían desobedecido las órdenes de su superior húngaro y habían avanzado dejando al descubierto su flanco. Tras una ardua batalla en el bosque, habían sido diezmados por la séptima división prusiana, aunque gran parte de esta última había desaparecido también en aquella obra.

Y ahora, al verles llegar a ellos, más enemigos todavía, retrocedían y se retiraban. No era del todo seguro, pero...

Emil se sintió inmensamente aliviado, aunque no podía terminar de creerlo. El tres de Julio de 1866: grandiosa victoria por parte de Prusia, a Austria. Ya no habría competencia entre ellas en Alemania.