13 de Agosto, 2007


Tras el eclipse

Publicado en Filosofía, pensamientos y reflexiones el 13 de Agosto, 2007, 11:16 por Saphira Aurion

Cuando hay un eclipse de sol, hay animales que se van a dormir. ¿Cómo se sentirán al ver que en un par de horas vuelve a hacerse de día? ¿Lo considerarán como un milagro o un momento mágico? ¿Será para ellos conmovedor y les embargará de felicidad el metafórico hecho de que vuelva la luz a sus vidas, de que el sol no se haya apagado realmente?

Yo sólo he vivido una vez en mi vida un verdadero eclipse de sol, y para ser sincera, estaba jugando con mi primo dentro de casa y ni me enteré. En cambio, ahora comprendo muy bien a esos animales, si es que de verdad se sienten así cuando le pasa eso.

¿Cómo se debe sentir una cuando la oscuridad desaparece? Tantas cosas que iban mal y amenazaban con estropearlo todo, muchas que de comienzo estaba convencida de que eran imposibles, y algunas que eran posibles y esperaba con todas las ganas del mundo y de pronto, una o dos semanas antes, empezaron a ocurrir hechos extraños que amenazaban muy seriamente con fastidiarlas. Cuando cada vez que superaba uno, venía otro, cada vez más surrealista, cada vez más estúpido. Tantos a la vez, que pensaba que aunque pudiera vencer a algunos, no podría pasar por encima de todos, y lo que llevaba tiempo planeado se iba a fastidiar del todo.

Y ahora, de pronto, en el último momento, ha vuelto el sol y lo ha iluminado todo, y yo, que ya estaba dispuesta a aceptar con rabia la noche e irme a dormir como los animales del eclipse, me desperté temprano y ya sin abrir los párpados notaba la luz alumbrando mi cara. De pronto, tras años, vuelve ese sentimiento de verano que tenía a los cinco años, al despertarme en casa de mis abuelos en Madrid (en Aravaca, concretamente). Salir del sueño y, aún con los ojos cerrados, verlo todo rojo por la luz del sol, y por unos instantes, permanecer así, con sólo el trinar de los pájaros en mis oídos, y que mi conciencia vaya llenándose poco a poco de los pensamientos que la sitúan en que estamos en otro día de vacaciones, que estoy en el único lugar del mundo en el que deseo estar en este momento, que todo sigue yendo bien y que va a seguir así, y me va inundando un sentimiento de felicidad que antes, en aquellos días en Aravaca, era mi estado natural.


Ahora todo es distinto, pero aunque eche de menos esos días, no cambiaría éstos. Hoy sé que me he tenido problemas y a mi alrededor, todas esas personas a las que quiero (e incluso algunas a las que por entonces no quería, y algunas a las que ni siquiera conocía) se han volcado para ayudarme si podían, visitarme si podían, y si no, comunicarse conmigo, apoyarme o preocuparse por si estaba bien. Tengo contacto con todos ellos, pero a muchos no les puedo ver todos los días, ni siquiera hablar con ellos. Y en esa escasa semana, se comunicaron conmigo y pude ver en persona a muchos de los menos esperados, en Madrid. En esa ciudad en la que pasan, de alguna forma, muchos de los momentos más especiales de mi vida.

En esos días, la luz me la trajeron muchas cosas, como si fueran farolillos: mensajes, llamadas, regalos, visitas y hasta cartas, lo que me pareció realmente especial. Estoy aquí y ya no puedo ver ni hablo con todas esas personas, al menos físicamente, porque en mi pensamiento están sin pausa. Eso puedo jurarlo.


Y después de ese momento de penumbra, vino el eclipse, la oscuridad y ahora el resplandor irradiante que deja detrás suyo. Este es un momento en el que oigo aquella canción melancólica, que antes me hacía identificarme profundamente con ella y escribir, y ahora me hace escribir pero por la alegría que me causa recordar los sentimientos que me traía y sentirlos pasados. Floto por un remolino de brillante actividad y optimismo, lleno de hilaridades, guiños, sentimientos, colores refulgentes y música sin sentido pero melodiosa. Veo cosas torcidas y con un simple gesto, las enderezo. No puedo evitar reírme al ver lo fácil que resulta ahora. No puedo evitar sonreír al cielo, pidiendo de corazón que no vuelva el eclipse ahora, que estoy demasiado cerca.

Pero no, creo que no va a volver. El cielo me devuelve la sonrisa ahora mismo.

En realidad, está nublado, pero da igual, ese sol me ilumina desde dentro de mí, igual que los pájaros de antes no los oigo desde el exterior. Además, prefiero que esté nublado, siempre he preferido el frío al calor. Como ya he dicho, el cielo me sonríe hoy. Con nubes aterciopeladas y grises, de mi color favorito además, que incluso me parecen cordiales hoy.

La música resuena en mis oídos y me hace dar vueltas sobre mí misma, como hacía en esos veranos lejanos. No voy a caerme, hoy no. Todo va bien.

Ahora sé que si me caigo, habrá personas que me sujeten o me ayuden.

Sé que estáis ahí, estáis conmigo.

Mi cabeza está entera y rebosa felicidad y no sangre.

La amenaza de no poder quedar esta semana ha sido derribada y pisoteada.

Todo lo torcido puedo levantarlo.

El remolino colorido sigue y sigue.

He estado esperando este día.

Quedan seis horas y cuarto.

El sol ha vuelto.