In Memoriam

Publicado en Cosas que pasan el 10 de Marzo, 2007, 20:54 por Saphira Aurion

Lo digo desde el principio para que luego no me vengan con quejas. Voy a hablar de un caballo. Es probable que a muchos (o a todos) no os interese, pero voy a hacerlo. No voy a ser técnica, o al menos lo menos posible, porque voy a hablar de un caballo como persona, voy a hablar de él como si hablara de un amigo mío. Voy a hablar de un caballo muy especial, al menos para mí.
Se trata de un español tordo, de siete añitos cuando yo lo conocí. Su nombre oficial es Jubiloso, y los que se lo pusieron acertaron plenamente. ¿Cómo os lo describiría? Es un caballo que camina como si en cada paso levantara todo lo posible los hombros, con animosidad extrema. Imaginad a un adolescente marchoso enchufado a un MP3 con música cañera a todo volumen caminando por la calle sintiendo el ritmo. Vale, ahora imaginad que es un caballo. Ése es Jubiloso.
Tiene una marcha dentro que no se la cree ni él. Sale a la pista dando esos pasos suyos que parecen saltitos, y tira pa' lante más deprisa de lo que le permiten sus patas, como si deseara comerse el mundo. Tiene la mala costumbre de cabecear, lo cual intensifica la sensación de que está escuchando música. Cuando trota, sus pasos siguen el ritmo exacto de Princesas, de Pereza. Increíble pero cierto.
Lo segundo quizá más característico del animalito es su poca, poquísima estatura. Sil, un pura sangre árabe precioso que hay también en las cuadras le da capones con la barbilla. ¿Quién dice que los españoles son altos? Jubiloso, apodado amistosamente el Enano, es matón pero chiquitito.
Antes dije que oficialmente su nombre era Jubiloso. Pues bien, es bastante conocido como La Hormiga Atómica. Títulos que tiene uno.
Ya sólo me queda terminar de describíroslo físicamente. Los que me conozcáis a mí personalmente sabréis que no soy un milagro de la estatura. Bueno, pues el lomo de Jubiloso me llega más o menos por la cabeza. Me costaría mucho pasar por debajo suyo. Las crines las lleva muy largas, en plan caballo salvaje, de forma que cuando las lleva a un lado del cuello y te pones a su otro lado, se las puedes ver cayendo en una cascada de cabello negro... vamos, para anuncio de Pantene si no fuera porque tiene una gran tendencia a llevar el pelo enredado. Aún así, como mi pelo también se enreda con facilidad y tengo experiencia en este campo, después de que le someta a una sesión de cepillo, ese caballo está para foto de bonito. Me encantan los caballos con las crines largas.
Bueno, vale, rectifico. Me encanta ese caballo.
Volviendo a su apariencia física, antes dije que era tordo. Eso se supone que es muchos pelitos negros y blancos mezclados, creando un gris chungo. Los hay más claros, casi blancos, y más oscuros. Jubiloso es tirando a oscuro (el caballo negro de mis sueños... *.* ), pero no exactamente como debería ser. A ver... imaginad que Dios hubiera cogido el caballo, le hubiera tirado encima un cubo de pintura blanca y otro d negra, lo hubiera mezclado un poquillo, se hubiera cansado y lo hubiera dejado así.
Bueno, pues así es Jubiloso. No tiene calcetines blancos, sino mas bien tobilleras, y sólo en tres de sus patas. La punta del hocico es blanca y un poco rosada, y en el cuarto trasero derecho tiene una mancha blanca inmaculada casi redonda, como si se la hubiera tatuado. En la espalda también tiene otra, colocada aleatoriamente (como todo en este caballo).
 Y aquí es cuando entro yo en escena. Saphira la bajita, la que lleva menos de un año montando y le encanta galopar. La que en el trote va diciendo en voz baja: más deprisa, más deprisa. La que fue apodada rápidamente como Correcaminos. La que se lo olvida todo por todos los sitios y va silbando por las cuadras.
La Hormiga Atómica y el Correcaminos.
Dios los cría y ellos se juntan.
Resulta que en mi cuadra no te dan al mismo caballo siempre, sino que vas cambiando. Todo el mundo tiene sus favoritos e intenta que les toquen esos, claro... hay algunos, como Rayo, que están muy solicitados... Si tu favorito es Rayo, lo llevas claro, te tocará una vez de cada mil.
Resulta que a nadie le gusta Jubiloso. Porque va muy rápido, tiene manías, hace lo que quiere, cabecea y camina levantando los hombros. Y como yo desarrollé enseguida un enorme aprecio por ese caballo, monté con él dos o tres (maravillosos) meses. Suerte que tiene una.
Ya no era Saphira, ni era Jubiloso. Eran Saphira-y-Jubiloso. Se daba por supuesto que yo con Jubiloso, y nosotros encantados. Él y yo nos comíamos la pista, aprendí a trotar bien con él, el caballo fue perdiendo poco a poco sus manías (porque cuanto menos lo montan más pesado se pone, claro), y se volvió a acostumbrar a ir en pista.
Llegó mi primer paseo al campo, con Jubiloso. Sublime. Mi segundo paseo, también a lomos de La Hormiga Atómica. En este, empezamos el galope. La primera vez en mi vida de galope en campo, y con Jubiloso. Íbamos los penúltimos de la cola, con el árabe delante, que se había empeñado en caminar a cámara lenta. Jubiloso, chulesco que es él, le daba golpes con el morro por detrás para que fuera más rápido, arriesgándose a llevarse una coz mientras yo lo sujetaba. El tipo ese nos ponía de los nervios, queríamos velocidad. Y de pronto, toda la fila empezó a galopar.
La nuestra. El árabe, que era como dos o tres veces Jubiloso, galopaba con elegancia, a cámara lenta. Jubiloso, el Enano, conmigo encima, puso el turbo y le adelantó. Cabalgamos como si corriéramos el Gran Derby y adelantamos limpiamente a cuatro caballos. Derrapamos en la curva y alcanzamos al jefe de la expedición. Después de ganar la carrera y lanzar una mirada animosa a sus derrotados compañeros, Jubiloso permitió que le guiara de nuevo a su lugar en la fila.
Después de aquel episodio, volvieron los días de pista. Nuevas aventuras. Un día de niebla y llovizna, Jubiloso estaba nervioso, me hizo extraños y acabé saltando por miedo a que me tirara él. Otro día, volvíamos por la entrada principal trotando, él y yo solos, y un plato metálico de los perros no que debía estar en el camino fue pisado escandalosamente, el caballo se asustó y me tiró al suelo. Yo, aterrada pensando que se podía escapar, me levanté y fui hacia él apurada, llamándole por su nombre para cogerle, y con mi habilidad natural me tropecé y caí entre sus patas. El caballo, normalmente asustadizo, bajó la cabeza para mirarme, sorprendido, como diciendo: "Oh, ¡eres tú! ¿Qué haces ahí abajo?".

Un día nos dejaron dar un paseo a los dos solos, así que salimos a dar un paseo por el campo... Jubiloso es tan amable que alguien lo tiene que sujetar para que te subas porque si no, camina y te deja colgado en el sentido más literal de la palabra. Pues íbamos él y yo por un caminito de un paisaje idílico cuando se me cayó la fusta al suelo e iba sola... oh, horror... bueno, me bajé, él me miró como ^^ y me dejó subir sin complicaciones. Qué grande es (no en sentido literal).

Y entonces ocurrió un fatídico accidente: perdió dos herraduras, así que no he podido montarle en meses. Pero aún así, después de montar iba a su cuadra y le hablaba, le acariciaba y le daba de comer, para que se acordara de mí.
Recalcaré otro aspecto del caballo: conmigo es muy cariñoso. Jubiloso apoyaba el morro en mi hombro, si yo levantaba la mano me tocaba la palma con el morro, me seguía por la cuadra y me ponía la cabeza ladeada para que le acariciara el cuello. Una vez se estaba frotando contra mí con esa cabezota que tiene y me hizo daño. Le regañé, me enfadé y me puse en la puerta, cruzada de brazos y de espaldas a él. Al rato le tenía detrás de mí, con carita triste, dándome toquecitos con el morro en la espalda. Al ignorarle, me puso la cabeza en el hombro... ante tanta monería tuve que perdonarle xD

Y eso me recuerda a la segunda vez que salimos de paseo, que llegué muy pronto y después de preparar al caballo me quedé esperando a los demás de pie en la puerta de la cuadra de Jubiloso para que no se saliera. Me puse a leer, absorta... y de pronto fui arrancada brutalmente de la historia. Jubiloso había avanzado silenciosamente desde el fondo de la cuadra hasta mi lado y, curioso por ver qué era lo que yo tenía, había agarrado la mitad del libro con la boca.

Se lo quité, claro, y no había recibido daños, pero la estampa del animal con cara de "Oh, qué cosa más estupenda tienes, ¿me la dejas?", agarrando gentilmente el libro con la boca aún me hace sonreír.

Y bueno, estoy cansada, así que llego al final de este artículo. Ya no volveré a montar a Jubiloso, gente. Este lunes se lo llevan, que lo han comprado. Mañana tengo excursión, pero como viene un niño que tiene que montar a Jubiloso (porque el otro caballo disponible, Rayo, es demasiado lanzado para él y no lo puede controlar), así que no podremos salir al campo por última vez, como en "los viejos tiempos".

En in, yo iré a la excursión, a ver si hay suerte, pasa un milagro y me acaban dejando ir con Jubiloso. Y si no, por lo menos le veré, aunque es un triste consuelo.

Adiós, Hormiga Atómica... supongo que siempre le recordaré como el caballo con más personalidad que ha pisado nunca una cuadra.