16 de Febrero, 2007


Cuando no hay caminos

Publicado en Historias, cuentos y relatos el 16 de Febrero, 2007, 19:59 por Saphira Aurion
Esto es un relato que escribí para mí, sin concurso, sin nada de nada. Me entró la vena y lo escribí. Lo cuelgo aquí, aunque como es tan largo no creo que lo leáis, pedazo de vagos xD Pero si lo hacéis, comentadme, please >_>
Sólo como apunte pongo que todos los datos histórico-culturales que doy son reales. Es una historia realista, no he inventado nada del mundo ni de la sociedad en la que se desarrolla. Por supuesto, ni soy historiadora ni hemos dado este tema en profundidad en el colegio, me he informado por mi cuenta, así que puede haber algún que otro fallo. Espero que me los perdonéis y me los señaléis si los encontráis ó.ò
Y ahora ya corto el rollo y pongo la historia =D Sólo añadir que me encanta el personaje de Zéphyro (en griego, escrito ζέφυρος ^^ ).



Cuando no hay caminos

Imperio Romano. Siglo II a. C.

(Tras la conquista de la Magna Grecia)

Una lágrima resbaló por su mejilla, dibujando un brillante camino húmedo sobre su rostro. El niño ocultó aún más la cara entre las manos, ahogando los sollozos. Estaba en el jardín, sentado en un rincón junto al muro, no muy lejos del estanque de agua salada en el que su familia criaba morenas, de forma que podía escuchar el murmullo del agua. La tarde aún no había caído, y los rayos anaranjados del sol todavía se colaban por entre las hojas iluminando el césped y la zona empedrada del patio interior. El niño, vestido con una túnica blanca de manga larga, se ocultaba en lo posible, tratando de que no se le viera desde la casa. Tenía ya catorce años, por lo que desde hacía dos no acudía a la schola, la escuela pública, pues había terminado la enseñanza primaria. Incluso a esa temprana edad se podía adivinar que sería un adulto fuerte; tenía anchos hombros y un rostro de rasgos firmes, hasta mientras lloraba. El cabello era muy oscuro, como el carbón, y sin embargo sus ojos mostraban el color del mar. Al noveno día de su nacimiento, en su dies lustricus, su padre le había dado el nombre de Kaeso Spurius Scipio minor.

Oyó el sonido de unas sandalias caminando por el suelo de piedra del peristilo. Volvió la cabeza, reconociendo al instante aquellos pasos. Acercándose a él mientras atravesaba la galería que rodeaba el jardín interior venía su grammaticus particular, el maestro que le enseñaba filosofía, historia, cultura helénica, textos griegos y retórica clásica. Se trataba de un joven liberto de procedencia griega, que habiendo sido esclavo de su padre, había recibido la libertad unos años antes. Conservaba aún su nombre griego, Zéphyro.

Cuando el maestro salió de entre las columnas, Kaeso pudo ver que traía consigo dos o tres rollos, tablillas de cera y un estilo, además de su inseparable barbitón. El grammaticus cruzó la hierba del jardín hacia él, con su calma habitual. Aunque fuera un esclavo recién liberado, no perteneciera a ninguna familia rica y dependiera del padre de Kaeso, el joven griego era atractivo, y el niño no podía menos que admirarle e incluso envidiarle en secreto. A Zéphyro aún le quedaban años para cumplir los treinta. Tenía el cabello ligeramente rizado y de color arena mojada. Sus ojos eran del mismo tono que la miel, y solían brillar emocionados por cualquier cosa. Tenía los labios tan finos como locuaz y afilada su lengua, y por su rostro de rasgos bien definidos se notaba algo de vello facial, pues no acudía a la tonstrinae todos los días. Cuando no apretaba los labios en ademán de concentración o sonreía luminosamente, solía mostrar una ambigua media sonrisa que podía significar cualquier cosa. Vestía sandalias de cuero y una túnica de color claro. No utilizaba tintes ni otras herramientas cosméticas, como hacían muchos romanos, aunque siempre olía ligeramente a limón, por lo que Kaeso sospechaba, aunque nunca se había atrevido a preguntárselo, que se perfumaba.

El niño ocultó de nuevo el rostro cuando su maestro estuvo próximo a él, deseando que no le viera en aquel estado. Zéphyro se sentó despreocupadamente a su lado, fingiendo que el llanto de su alumno le había pasado desapercibido.

-   Buenas tardes, Kaeso- saludó en tono jovial.

Como compartía nombre con su padre, todos en la casa acostumbraban a llamarle minor. El que el maestro utilizara su verdadero praenomen agradaba al chico.

-   Buena tardes, grammaticus- respondió, intentando que no se le quebrara la voz.

Zéphyro dejó su preciado barbitón en el suelo y procedió a estudiar los rollos que traía con entusiasmo. Kaeso dedujo que los acababa de adquirir, y le conmovió que acudiera tan prontamente a compartirlos con él.

-   ¿Has estado toda la mañana en el foro?- preguntó.

-   Sólo un rato- respondió el maestro-. Después estuve en las termas, el laconicum- comentó, en tono satisfecho-. Deberías haber venido.

Kaeso negó con la cabeza. No le agradaba el calor seco de aquella habitación de la termas. Tanto aquélla como el sudatorio, con el humeante vapor le irritaban. Al advertir la circunspección de su alumno, Zéphyro soltó una carcajada.

-   He conseguido estos rollos sobre mitología. ¿No me preguntabas el otro día sobre Eros? Aquí tienes- le tendió uno de los rollos-. El hijo de Afrodita y Ares, a quién tú llamas Cupido- calló, al ver que Kaeso no reaccionaba-. ¿No? Bueno, previne que el hambre de tu mente no era tanta como la de tu estómago, así que también te traje un poco de halva. Con pistachos.

Le lanzó un pequeño paquete que Kaeso atrapó sin dificultad. Normalmente, el dulce de miel y semillas de sémola le encantaba, sobre todo si contenía pistachos, pero aquel día le daba igual.

-   Euge- exclamó, con ironía.

Zéphyro le estudió un momento con la mirada. Finalmente, dándose por vencido en su intento de distraer a su alumno, sacudió la cabeza.

-   El día en el que deje de entusiasmarte el halva será el fin del mundo, puer- comentó-. ¿Debo suponer que ese día está cercano?

-   No bromees conmigo, Zéphyro. Hoy nada ha ido como debería... soy el ser más desgraciado del mundo.

-   Es cierto que esperaba encontrarte en el atrio y no aquí, pero tampoco es para tanto- bromeó el maestro-. No te aflijas, no me ha costado mucho encontrarte, de todas formas.

-   El impluvium pierde agua y lo están reparado, así que el atrio no es un buen lugar para estar- gruñó Kaeso-. De todas formas, no es por eso.

Zéphyro se inclinó para recuperar el paquete de halva, puso uno de los dulces en las manos de su alumno, y guardó el otro para sí. Lo mordió, dejando que el sabor le empalagara el paladar, y se inclinó hacia atrás. El murmullo del estanque sonaba como un rumor constante en sus oídos, y aquello le agradaba.

-   Está bien, cuéntamelo- rogó.

El joven romano se volvió hacia él.

-   Pater me ha llamado para hablar conmigo- inspiró-. Dentro de dos años tendré que alistarme en el ejército, o bien empezar una carrera política. Pater quiere que vaya al ejército, al servicio de Roma.

Zéphyro asintió, en silencio, sin comprender dónde estaba el problema. Kaeso suspiró suavemente.

-   No quiero. Sé que parezco un guerrero, pero me da... no quiero entrar en batalla ni ir al ejército. No quiero.

-   Tienes miedo- comprendió el grammaticus, y previniendo la próxima fervorosa protesta de su alumno, se apresuró a agregar-. Eso no es malo, a mí puedes decírmelo con tranquilidad. No te lo voy a reprochar, puer- aseguró.

Kaeso hizo un mohín disgustado.

-   Pater dice que los hombres no tienen miedo.

-   ¿Ah, no? No soy nadie para contradecir a tu padre, Kaeso, y lo sabes. Pero sí puedo decirte que yo he estado asustado muchas veces. Y hasta donde sé, soy un hombre como cualquier otro.

El alumno guardó silencio un momento, pensativo.

-   ¿Cuándo has tenido miedo, Zéphyro?

El griego le miró un instante, con los ojos miel muy serios.

-   Cuando tu pater me compró, por ejemplo, estaba asustado. No sabía qué iba a pasar, ni qué clase de persona era, ni cómo me iba a tratar. No podía defenderme, ni hacer nada. Tuve que ver cómo un hombre desconocido me compraba por unos sestercios. Y estaba muerto de miedo.

-   Eso fue antes de que yo naciera, ¿verdad?

-   No, tenías ya dos años. Yo tenía, más o menos, los que tú ahora. Y antes de eso ya había tenido miedo muchas otras veces. Creo que todos los hombres se asustan alguna vez. Lo importante es superarlo, ¿sabes?

-   Tú lo superaste, ¿verdad?

-   Claro. Tuve suerte, tu pater era un hombre bueno y me trataron bien. Y ahora soy libre, trabajo en lo que siempre quise, y tengo un buen alumno. Tú nunca lo tendrás que pasar tan mal, si tienes suerte, puer. Por esto.

El maestro alargó la mano y tocó suavemente el amuleto de cuero que colgaba del cuello de Kaeso. Su bulla, que le señalaba como niño nacido libre.

-   Aún así...  no quiero ir. Zéphyro, ¿qué me aconsejarías tú?

El maestro suspiró.

-   Lo que yo opine no es nada comparado con lo que te aconseje tu pater, Kaeso, lo sabes. Yo te diría que te dedicaras a la oratoria. Que siguieras estudiando con un rhetor, un profesor de retórica, y aprendieras los dos géneros de la declamación: el Suasoriae y el Controversiae. Pero has de hacer lo que tu pater te indique.

-   ¿Por qué? ¿Por qué tengo que servir a Roma formando parte del ejército romano?

-   Porque en Roma, las personas pertenecen al Imperio igual que los esclavos a sus amos. Tú eres ciudadano del Estado antes que Kaeso Spurius Scipio minor, no puedes hacer nada contra eso.

Kaeso permaneció en silencio, y el grammaticus decidió dejar reflexionar a su alumno, por lo que cogió de nuevo su barbitón y rasgueó sus cuerdas. El joven maestro adoraba su instrumento, parecido a una lira griega de líneas más esbeltas de lo normal. El barbitón era utilizado por los poetas, ya que la poesía griega era siempre cantada. El grammaticus arrancó un grave arpegio del instrumento, que sonó dulce a sus oídos.

-   Duo, tres, quattor... –murmuró.

-   No toques ahora- le interrumpió Kaeso, y Zéphyro le miró con sorpresa-. Hablemos un rato más, luego si quieres iré a buscar una pandereta y te acompañaré en la música.

-   De acuerdo- accedió el maestro-. ¿Por qué lo dices? ¿Hay algo más que me quieras contar?

-   Sí...- murmuró el alumno, y desvió la mirada con vergüenza-. Se trata de una mujer.

Zéphyro sonrió y esperó a que él continuara.

-   Una muchacha que acudía conmigo a la schola, y que vive cerca de aquí... desde que acabamos la educación primaria, hemos estado viéndonos de cuando en cuando. Se llama Livia.

-   ¿La quieres?

-   Sí... creo que sí- admitió el niño, sonrojándose-. Creo que Eros, o Cupido, me ha disparado una flecha.

-   Y tú no eres nadie para oponerte a los deseos de un dios- sonrió Zéphyro.

-   Tú... ¿has estado enamorado, Zéphyro?

El joven griego recordó fugazmente una noche prohibida en la que había estado en aquel mismo jardín, con una mujer, escuchando al agua cómplice murmurar junto a ellos... pero no podía hablar de eso, ni siquiera con su alumno, pues las paredes tenían oídos y él era un liberto y tenía estrictamente vedada cualquier relación con una mujer libre. De forma que se amparó de nuevo en la parte de su vida que el joven romano no conocía, en los años en los que había sido un ser humano libre, en su hogar. Kaeso no sabía prácticamente nada de lo que él había vivido antes de ir a parar a la casa de su padre, así que podía mentir todo lo que quisiera en aquel aspecto.

-   Sí- respondió con calmosa falsedad-. Pero hace mucho tiempo, cuando no vivía aquí.

-   Entonces me comprenderás. Livia ha cumplido ya los catorce... y sus padres la han prometido a un hombre mayor, que vive lejos de aquí. Se va a casar... ya no la puedo ver más.

Zéphyro le colocó una mano en el hombro a su alumno, con la intención de animarlo.

-   Lo siento. A veces, Eros es cruel- murmuró-. ¿Con quién se va a casar?

-   Con Publius Claudius Escauro.

-   El editor de los últimos combates de gladiadores- comprendió Zéphyro, frunciendo el ceño con disgusto.

Kaeso lo miró de reojo. Sabía que el maestro detestaba las luchas de gladiadores, y que lo miraba con desaprobación cuando acompañaba a su familia a verlas. Aunque alguna vez el liberto había sido invitado a acompañarles, se había negado rotundamente, prefiriendo quedarse a leer o a tocar el barbitón.

-   ¿Por qué odias tanto los combates?- preguntó, desviándose del tema anterior.

-   Porque los gladiadores, en su mayoría, son esclavos que no desean estar allí, a quienes obligan a luchar hasta morir. Imagina que, en lugar de querer tu padre mandarte al ejército a luchar por Roma, tuvieras que ir obligado a la arena, sabiendo que hay muchísimas posibilidades de morir, y no por defender a tu gente, sino para entretenerles. Que no morirás con gloria, sino bajo gritos de "¡Iugula! ¡Degüéllalo!" del público.

Kaeso le observó, callado, apabullado por su apasionado discurso. Imaginó el miedo que habría pasado su grammaticus al ser esclavo, pensando que podía haber sido comprado para eso. El maestro no poseía una constitución muy atlética, pero aún así, era comprensible que sintiera que había estado cerca de acabar así, y que despreciara aquello con toda su alma.

-   ...Y porque están los lorarii, que golpean a los gladiadores que no quieren luchar. Por eso lo odio, puer. Pero no tienes por qué ser de la misma opinión que yo, eres un ingenuus, un hijo de libre.

El alumno bajó la mirada, como si se sintiera un poco culpable por haber nacido libre, sin problemas, y estar llorando mientras su maestro sonreía.

-   Has pasado por tantas cosas, Zéphyro- susurró-, que mis problemas te parecen de niños, ¿verdad?

Sin pretenderlo, el pequeño romano empezó a llorar. Su maestro dudó un momento, luego se levantó y se acuclilló a su lado para rodearle con un brazo. Kaeso sintió más claramente que nunca el aroma a limón que impregnaba al grammaticus. Al cabo de un momento, Zéphyro retiró su abrazo alentador, pero se quedó junto a él de todas formas.

-   Nunca he pensado eso, puer- explicó-. Tus problemas siempre me han importado. Lo que te ocurre a ti, tal vez parezca una nimiedad comparado con el problema de otra persona... pero para ti son tan grandes tus asuntos como para cualquier otro los suyos, ¿lo entiendes? De forma que tus problemas no son menos importantes. Todo depende del punto de vista del cual se mire.

-   ¿Y desde qué punto de vista me miras tú?

-   Desde el punto de vista de alguien a quien le importas. Y también me importan tus problemas. Además, a tu edad, empiezas a descubrir el mundo... y las penas y las alegrías son mucho más intensas. Yo también lo he pasado... lo sé -concluyó, con una sonrisa.

-   Zéphyro... no sé qué hacer...

-   La vida es así.

Kaeso levantó la mirada, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

-   Así, ¿cómo?

-   Con caminos.

-   ¿Caminos?

-   Sí. A veces hay muchos, y no sabes elegir... y a veces no eres capaz de ver ninguno, pero hay que seguir. Entonces, hay que buscar el camino de uno.

El maestro levantó la mirada al cielo, y su discípulo la siguió, para contemplar las nubes que se movían presurosas por el azul, como si ellas también tuvieran prisa por seguir sus caminos invisibles para los mortales.

-   Tu pater sólo quiere lo mejor para ti- dijo el grammaticus-. Y probablemente, escojas el camino que escojas, encontrarás la manera de ser feliz. A veces, eso es posible aunque nos obliguen a hacer cosas que no deseamos.

-   ¿Y Livia?

-   Los caminos de las personas se juntan y se separan, Kaeso. Vosotros habéis caminado juntos, y ahora os veis separados. Puede que volváis a encontraros, o puede que no, hay que resignarse a ello. Y te diré una cosa, aunque es posible que ahora no me creas: en el mundo hay otras mujeres.

-   No como ella.

-   Ya lo veremos- sonrió él.

-   Entonces... ¿simplemente debo seguir e improvisar?

-   Debes seguir adelante y hacerlo lo mejor que puedas. Y disfrutar de la vida, que es emocionante aunque a veces pasen cosas que no nos gusten.

-   Tú lo sabes bien, ¿no?

-   Sí... y yo he tenido suerte dentro de lo que cabe, Kaeso. No estoy disgustado con eso.

-   ¿...Zéphyro?

-   ¿Sí, puer?

-   Gracias por el halva- Kaeso engulló rápidamente su parte del dulce.

Zéphyro sonrió. Antes de que pudiera decir nada, llamaron a su alumno desde el interior de la casa. Era la voz de su padre.

-   Ve- sugirió Zéphyro-. Tal vez esté dispuesto a negociar su decisión contigo.

Kaeso esbozó una sonrisa y se levantó. Tomó un momento las manos del maestro entre las suyas, dándole silenciosamente las gracias, y después echó a correr hacia la casa, donde su padre le esperaba.

El grammaticus le vio marchar, mientras sus dedos acariciaban suavemente las cuerdas de su barbitón, haciéndole cantar.

-   Te lleven a donde te lleven los caminos de los dioses, Kaeso- murmuró, para sí-, te convertirás en un hombre comprensivo y bueno. Aunque nuestras rutas se separen y no llegue a verlo... en eso puedo declararme sin duda triunfante.

Con su media sonrisa habitual, recogió sus rollos, las tablillas de cera, el estilo y su preciado instrumento, y echó a andar por su propio camino, que de momento, le llevaba a través del peristilo.